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martes, 19 de noviembre de 2013

MUSICA






ANDRES CALAMARO


BOHEMIO
Con Bohemio ocurre algo parecido a lo que sucedió con La lengua popular: si bien no figura entre las grandes obras de la carrera de Andrés Calamaro –le falta inspiración para poder compartir podio con Alta suciedad y Honestidad brutal-, supera con creces el irregular On the rock y supone un cambio de rumbo esperanzador que nos hace pensar en el regreso de la mejor versión del músico, que en esta ocasión ha delegado la parte instrumental en su banda y su productor, (de nuevo) Cachorro López.
Con Bohemio también ha quedado claro que, al menos por ahora, se acabó la incontinencia creativa volcada en álbumes de 37 y 103 temas –¡Este disco contiene ¡tan sólo 10 canciones!-. Sin embargo, no faltan momentos de lucidez compositiva en un álbum que funciona como el Ziggy Stardust del bonaerense: un relato sentimental de su ascensión y su caída.
El disco arranca con Belgrano, homenaje al malogrado Luis Alberto Spinetta; coloreado con unos elegantes arreglos depedal steel guitar, el tema se sitúa entre lo mejor del repertorio. También encontramos pop en el sentido más calamariano del término–Cuando no estás-, episodios tóxicos –Plástico fino, con referencias a Veneno en la piel de Radio Futura. Calamaro versionando a Calamaro, rescatando frases que ya habíamos escuchado en otros trabajos (Tantas veces, Rehenes).
 Al final del viaje nos espera Doce pasos, un country-rock irónico e inspirado que nos deja la dulce sensación de haber recuperado, por un instante, la versión más rodriguista del músico. Quizás el título de este nuevo álbum pueda aplicarse también a su resultado: el bohemio es un tipo con sus defectos y grandezas. Justo como este disco.


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ARIEL ROT


LA HUESUDA


Puede que la apertura de este nuevo disco no sorprenda tanto como cabría esperar. Lo primero que escuchamos es una versión de Debajo del puente, el single con el que el argentino debutó en solitario en 1984 tras Tequila. Sin embargo, el rescate de la canción ha merecido la pena: Ariel le ha hecho justicia con una producción muy distinta; ahora la pieza se ha convertido en un blues-rock que recuerda a Tom Waits –más aún con esas percusiones metálicas. Pero en La huesuda encontramos otros argumentos que hacen de esta nueva entrega ‘rotiana’ un disco notable: destaca el protagonismo del piano, que sirve de columna vertebral en la emocionante balada Para escribir otro final y en Puro frenesí, tema que rezuma alma negra con un elegante solo de guitarra. Con el paso del tiempo como tema de fondo, La huesuda nos reserva gratos detalles poco habituales en la discografía de Rot, como los vientos a lo Bacharach en Mil palabras sucias, el ragtime de Rubias de NY o los aires de candombe y los arreglos de metales de En los últimos cien metros.

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ENRIQUE BUNBURY


PALOSANTO


Bunbury ha grabado muchos discos, el primero con Héroes del Silencio a los 22 años; el más reciente en solitario a los 46, tras casi empezar una nueva carrera a los 30 con Radical sonora(1997). Los últimos, hechos bajo la metáfora modificada de los árboles talados en un bosque desierto, no han caído salvo para el leñador, que además no se entera de lo que pasa fuera porque su ruido al estamparse le ensordece. La repercusión real –playlist de fiesta patronal, politono y transistor, a eso me refiero y no a las listas de lo mejor del año– de esos recientes títulos ha sido escasa. Y por eso, el leñador se ha asomado a las lindes del bosque para hacer allí su trabajo, a la vista de todos y observando a su vez qué sucede fuera, a prudente distancia (Los Ángeles).
“Me gustaría hacer discos para todos los públicos, pero me salen estos”, decía en su comunicado de presentación, un contrasentido cuando por otra parte afirma “quise quePalosanto fuera un disco contemporáneo, contenido y, espero,nada ombliguista. Personal, moderno y con vocación universal”. Universal es en sus preocupaciones –la revolución que, sí, al fin hemos visto televisada– y los lenguajes sonoros y narrativos empleados; la paleta musical empleada es amplia, casi apabullante, y bien diluida en sus cuatro influencias base, a la manera de CMYK sonoro, y sus letras son las más diáfanas de su carrera. Hasta su voz abandona en muchos momentos el bunburismo para ser mucho más neutra, aunque bien tratada por el tiempo. Pero el actual Bunbury es capaz de llenar dos discos de buenas –heterogéneas, potentes– canciones… sin dar por ello con la canción, aunque a veces atina cerca, eso sí, gracias a referencias conscientes e inconscientes.
En el primer caso, la tonante Destrucción masiva, que, entre enterados, se podría disculpar como un guiño-homenaje al20th century boy de T. Rex, con su riff inicial casi idéntico y su aptitud para sonar mientras juegas al pinball o conduces un auto de choque, a la par que introduce en tu mente unsistémico mensaje antisistema. En el segundo, el atractivo uso en varios temas de un coro femenino gospeliano, del que, supongo, tendrá parte de culpa las recientes giras de Leonard Cohen acompañado de las Webb Sisters. Y, sobre todo, la sorprendente Hijo de Cortés, en cuyo primer verso se puede encajar perfectamente, casi sin tocar nota o sílaba, el primer fraseo del Cuando tu vas, de Chenoa que, para más sorpresa aún, reza “presumiendo que tu sabes to(o)do…”. ¿Un caso de plagio inconsciente como el del My sweet Lord/He’s so fine, broma del destino, o mensaje de confirmación de recepción? A mí me parece bonito pensar que el leñador tiene el oído mucho más fino y menos educado de lo que piensa.
Quizá, si se diera cuenta de ello, Bunbury sí que podría hacer esos discos para todos los públicos, en el sentido más pop de la palabra cuando los (sus) discos se hacían por y para todo el mundo. Y quizá comprendería que ser el productor de sus propios álbumes, lo cual le “otorga un control total sobre lo que quiero decir y cómo quiero decirlo”, no siempre es una ventaja, sino parte del problema. Habla Bunbury de supersistencia en hacer discos de transición, pero éste se acaba quedando en uno a medio camino, tal vez por falta de ambición de totalidad (y no de completitud); hay unmensaje potente, ganas de contar cosas, buenos mimbres y mucho trabajo desenfocado. Cuando, con un poquito de enfoque, de filtro, seguramente inoculado por alguien externo,Palosanto podría haber sido un disco muy bueno, al menos mucho mejor aún, que retumbara, que hiciera que volviéramos la vista hacia el bosque para descubrir lo que este cantante –por otra parte, en madurez–, tiene que decir. 







QUIQUE GONZALEZ


DELANTERA MITICA



Quique González ha logrado articular un discurso propioen el que precipitan las enseñanzas transmitidas tanto por maestros de aquí como por deidades de ultramar. Su ADN artístico conserva parte de la información que determinó dolientes primeros pasos como Salitre 48 (2001), pero sigue siendo aquel cantautor eléctrico –a veces, electrizante– que asomaba la cabeza a Personal (1998), prometedor debut cuyo título nos advertía sobre ciertos rasgos de carácter.
Los créditos de su noveno álbum sugieren continuidad con respecto a la anterior entrega, el desconcertante Daiquiri Blues(2009). Reválida para un productor con callo –el insigne Brad Jones– y grabación en Nashville con un equipo artístico de campanillas, integrado por profesionales que acostumbran a trabajar con luminarias de la música popular norteamericana como k.d. Lang, Mindy Smith o Tony Joe White. Además, el madrileño fortalece la relación creativa esbozada en aquel disco –César Pop estampa su firma en siete temas; ole por él– y sigue acudiendo a viejos amigos –el hiperactivo Leiva, siempre apagando fuegos– cuando alguna canción se pone farruca.
Delantera mítica no supone una sorpresa, pero llega cargado de buenas noticias. El texto de Tenía que decírteloconfirma que sigue leyendo a Lapido. La acerada ¿Dónde está el dinero? –el suyo, el tuyo, el mío, el de todos– insufla aire fresquísimo a un repertorio viciado por el yo y sus circunstancias. Parece mentira revela sus admirables progresos en el doctorado del medio tiempo. Y La fábrica o Las chicas son magníficas –el jangle, la resolución de algunos versos, la tintura vocal– vienen a demostrar que las influencias –perezosasen este caso– suelen ser de ida y vuelta. Si hubiera evitado el bajón del último tercio y extirpado la relamida Me lo agradecerás, habría salido a hombros.