ANDRES CALAMARO
BOHEMIO
Con Bohemio ocurre algo
parecido a lo que sucedió con La
lengua popular: si bien no figura entre las grandes obras de
la carrera de Andrés Calamaro –le falta inspiración para poder
compartir podio con Alta
suciedad y Honestidad brutal-, supera con
creces el irregular On the rock y supone un cambio de rumbo
esperanzador que nos hace pensar en el regreso de la mejor versión del músico,
que en esta ocasión ha delegado la parte instrumental en su banda y su
productor, (de nuevo) Cachorro López.
Con Bohemio también ha quedado claro que, al menos
por ahora, se acabó la incontinencia creativa volcada en álbumes de 37 y 103
temas –¡Este disco contiene ¡tan sólo 10 canciones!-. Sin embargo, no faltan
momentos de lucidez compositiva en un álbum que funciona como el Ziggy Stardust del bonaerense: un relato sentimental
de su ascensión y su caída.
El disco arranca con Belgrano,
homenaje al malogrado Luis Alberto Spinetta;
coloreado con unos elegantes arreglos depedal steel guitar, el tema se
sitúa entre lo mejor del repertorio. También encontramos pop en el sentido más calamariano del término–Cuando no estás-,
episodios tóxicos –Plástico fino, con referencias a Veneno en la piel de Radio Futura. Calamaro versionando
a Calamaro, rescatando frases que ya habíamos escuchado en otros trabajos (Tantas
veces, Rehenes).
Al final del viaje nos espera Doce pasos, un country-rock
irónico e inspirado que nos deja la dulce sensación de haber recuperado, por un
instante, la versión más rodriguista del músico. Quizás el título de este
nuevo álbum pueda aplicarse también a su resultado: el bohemio es un tipo con
sus defectos y grandezas. Justo como este disco.
http://rollingstone.es/discs/view/critica-andres-calamaro-bohemio
ARIEL
ROT
LA
HUESUDA
Puede
que la apertura de este nuevo disco no sorprenda tanto como cabría esperar. Lo
primero que escuchamos es una versión de Debajo del puente,
el single con
el que el argentino debutó en solitario en 1984 tras Tequila. Sin embargo, el rescate de la canción ha merecido la pena: Ariel le
ha hecho justicia con una producción muy distinta; ahora la pieza se ha
convertido en un blues-rock que recuerda a Tom Waits –más
aún con esas percusiones metálicas. Pero en La huesuda encontramos otros argumentos que
hacen de esta nueva entrega ‘rotiana’ un disco notable: destaca el protagonismo
del piano, que sirve de columna vertebral en la emocionante balada Para
escribir otro final y en Puro frenesí, tema que rezuma alma negra con un elegante solo
de guitarra. Con el paso del tiempo como tema de fondo, La
huesuda nos reserva gratos detalles poco habituales en
la discografía de Rot, como los vientos a lo Bacharach en Mil
palabras sucias, el ragtime de Rubias
de NY o los aires de candombe y los arreglos de
metales de En los últimos cien metros.
http://rollingstone.es/discs/view/critica-ariel-rot-la-huesuda
ENRIQUE BUNBURY
PALOSANTO
Bunbury ha grabado muchos discos,
el primero con Héroes del Silencio a los 22 años; el más reciente en
solitario a los 46, tras casi empezar una nueva carrera a los 30 con Radical sonora(1997). Los
últimos, hechos bajo la metáfora modificada de los árboles talados en un bosque
desierto, no han caído salvo para el leñador, que además no se entera de lo que
pasa fuera porque su ruido al estamparse le ensordece. La repercusión real
–playlist de fiesta patronal, politono y transistor, a eso me refiero y no a
las listas de lo mejor del año– de esos recientes títulos ha sido escasa. Y por
eso, el leñador se ha asomado a las lindes del bosque para hacer allí su
trabajo, a la vista de todos y observando a su vez qué sucede fuera, a prudente
distancia (Los Ángeles).
“Me gustaría hacer discos
para todos los públicos, pero me salen estos”, decía en su comunicado de presentación,
un contrasentido cuando por otra parte afirma “quise quePalosanto fuera
un disco contemporáneo, contenido y, espero,nada ombliguista. Personal,
moderno y con vocación universal”. Universal es en sus preocupaciones –la
revolución que, sí, al fin hemos visto televisada– y los lenguajes
sonoros y narrativos empleados; la
paleta musical empleada es amplia, casi apabullante, y bien
diluida en sus cuatro influencias base, a la manera de CMYK sonoro, y sus
letras son las más diáfanas de su carrera. Hasta su voz abandona en muchos
momentos el bunburismo para ser mucho más neutra, aunque bien
tratada por el tiempo. Pero el actual Bunbury es capaz de llenar dos
discos de buenas –heterogéneas, potentes– canciones… sin dar
por ello con la canción, aunque a veces atina cerca,
eso sí, gracias a referencias conscientes e inconscientes.
En el primer caso, la tonante Destrucción
masiva, que, entre enterados, se podría disculpar como un
guiño-homenaje al20th century boy de T. Rex, con su riff inicial casi idéntico y su
aptitud para sonar mientras juegas al pinball o conduces un auto de choque, a la par
que introduce en tu mente unsistémico
mensaje antisistema. En el segundo, el atractivo uso en varios
temas de un coro femenino gospeliano, del que, supongo, tendrá parte de
culpa las recientes giras de Leonard Cohen acompañado de las Webb Sisters. Y,
sobre todo, la sorprendente Hijo
de Cortés, en cuyo primer verso se puede encajar perfectamente, casi sin
tocar nota o sílaba, el primer fraseo del Cuando
tu vas, de Chenoa que, para más sorpresa aún, reza “presumiendo que tu
sabes to(o)do…”. ¿Un caso de plagio inconsciente como el del My sweet Lord/He’s so fine,
broma del destino, o mensaje de confirmación de recepción? A mí me parece
bonito pensar que el leñador tiene el oído mucho más fino y menos educado de lo
que piensa.
Quizá, si se diera cuenta de ello, Bunbury
sí que podría hacer esos discos para todos los públicos, en el sentido más pop de la palabra
cuando los (sus) discos se hacían por y para todo el mundo. Y quizá
comprendería que ser el productor de sus propios álbumes, lo cual le “otorga un
control total sobre lo que quiero decir y cómo quiero decirlo”, no siempre es
una ventaja, sino parte del problema. Habla Bunbury de supersistencia en hacer discos de
transición, pero éste se acaba quedando en uno a medio camino,
tal vez por falta de ambición de totalidad (y no de completitud); hay unmensaje potente, ganas de
contar cosas, buenos mimbres y mucho trabajo desenfocado. Cuando, con un
poquito de enfoque, de filtro, seguramente inoculado por alguien externo,Palosanto podría haber sido un disco muy bueno, al
menos mucho mejor aún, que retumbara, que hiciera que volviéramos la vista
hacia el bosque para descubrir lo que este cantante –por otra parte, en
madurez–, tiene que decir.
QUIQUE
GONZALEZ
DELANTERA
MITICA
Quique González ha logrado articular un discurso propioen el que
precipitan las enseñanzas transmitidas tanto por maestros de aquí como por
deidades de ultramar. Su ADN artístico conserva parte de la información que
determinó dolientes primeros pasos como Salitre
48 (2001), pero sigue siendo
aquel cantautor eléctrico –a veces, electrizante– que asomaba la
cabeza a Personal (1998), prometedor debut cuyo título
nos advertía sobre ciertos rasgos de carácter.
Los créditos de su noveno álbum sugieren continuidad con
respecto a la anterior entrega, el desconcertante Daiquiri
Blues(2009). Reválida para un productor con callo –el insigne Brad
Jones– y grabación en Nashville con un equipo artístico de
campanillas, integrado por profesionales que acostumbran
a trabajar con luminarias de la música popular norteamericana como k.d. Lang, Mindy Smith o Tony Joe
White. Además, el madrileño fortalece la relación creativa esbozada en aquel
disco –César Pop estampa su firma en siete temas; ole por él– y sigue acudiendo
a viejos amigos –el hiperactivo Leiva, siempre apagando fuegos– cuando alguna
canción se pone farruca.
Delantera mítica no supone una sorpresa, pero llega cargado de buenas noticias. El texto de Tenía que decírteloconfirma que
sigue leyendo a Lapido. La acerada ¿Dónde
está el dinero? –el suyo, el
tuyo, el mío, el de todos– insufla aire fresquísimo a un repertorio viciado por
el yo y sus circunstancias. Parece
mentira revela sus admirables
progresos en el doctorado del medio tiempo.
Y La fábrica o Las
chicas son magníficas –el jangle, la resolución de
algunos versos, la tintura vocal– vienen a demostrar que las influencias –perezosasen
este caso– suelen ser de ida y vuelta. Si hubiera evitado el bajón del último
tercio y extirpado la relamida Me
lo agradecerás, habría salido a hombros.




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